Comentario de “El arte de la guerra en la justicia administrativa” de José Ramón Chaves (Ed. Wolters Kluwer)

EL ARTE DE LA GUERRA EN LA JUSTICIA ADMINISTRATIVA

Jose Ramón Chaves (Ed. Wolters Kluwer)

En el precioso salón de actos de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación tuvo lugar ayer, 31 de enero de 2019, la presentación del último libro de José Ramón Chaves, “El arte de la guerra en la Justicia Administrativa”.

Me ha hecho mucha ilusión intervenir en la presentación, en una mesa de lujo con Rafael Mendizábal (Magistrado del Tribunal Constitucional, Presidente de la Sala 3ª del Tribunal Supremo,) el catedrático de Derecho Administrativo y abogado Juan Mestre, y el propio José Ramón. Y por encima, el retrato de Mengs de Carlos III, con ese cetro que parece que se sale del cuadro y con el que podría sacudirnos… ¡por citarle!.

Estas fueron, más o menos, mis palabras:

La primera vez que tuve noticia de esta obra fue en noviembre de 2018, cuando José Ramón comentó en su blog que se lo publicaban y usó la siguiente expresión: “Me publican el libro que me hubiera gustado leer hace treinta años.” A mí, como regalo de Reyes, José Ramón me pidió que presentase el libro que me hubiese gustado leer cuando empecé a dedicarme a la abogacía, hace mucho más de treinta años. Y como solo me he dedicado al derecho administrativo en general y al proceso contencioso-administrativo en particular, según iba leyendo la obra, iba asintiendo.

Creo que la justicia administrativa es así, y el autor lo cuenta con su peculiar estilo, estilo Chaves, que combina perfectamente el rigor con un tono desenfadado y humorístico, que hace muy amena la lectura.

La primera pregunta que se harán los posibles lectores es si es un libro tan solo sobre justicia administrativa, o sirve para cualquier abogado, sea cual sea especialidad, y tengo una respuesta clara: lo que se dice en la obra es válido para todos los letrados, y en todo caso, quien no sea especialista en contencioso, probablemente aprenda bastante sobre este campo. Por ejemplo se explica el diferente papel del juez de lo contencioso  frente al juez de lo civil (281), o cómo es la forma de las sentencias en lo contencioso, en que raramente se recogen  hechos probados, mezclándose en los fundamentos de derecho hechos y derecho (353).

Pero si el lector es administrativista… ¡ay!, si es administrativista, seguro que se siente retratado y que además le da un montón de pistas o le confirma ideas, y eso es también satisfactorio. Porque a veces tenemos conversaciones para reafirmar. Y la lectura de esta obra fue como un diálogo con José Ramón para fortalecer mis planteamientos. Ese diálogo, con alguien de su altura y con una perspectiva que no es una, sino un auténtico abanico, me llena de satisfacción.

En el libro se aprende sobre estrategia. Cuando empecé a ejercer como abogada yo no sabía nada de estrategia, táctica, ni de habilidad en sala, máxime porque entonces no teníamos vistas, y esas cuestiones me parecían cosa de actuación en estrados. Ahora cada vez le doy más importancia, y lo entiendo necesario, aún más si cabe, en tanto actuamos ante una especie de Leviatán. Hay que adelantarse a los posibles movimientos del contrario y estar preparado para todo, en especial, en el campo de batalla que supone la vista oral del abreviado… si eres parte actora. Creo que la ley no respeta el principio de igualdad entre las partes en las vistas del abreviado, y entiendo que, al menos, el actor debía contar con la contestación de la demandada, como en los verbales civiles tras la reforma -pero eso es otra batalla, a lidiar con el legislador-.  

Volvamos al libro (yo he venido aquí a hablar de su libro, no a lloriquear), y para ello voy a utilizar otra frase que citaba uno de los que comentaron ese post de noviembre de 2018, cuando se publica la obra: “la experiencia es como un peine que nos dan justo cuando nos estamos quedando calvos”. Pues bien, como he avanzado, este es un compendio de experiencias que viene “perfecto” a cualquiera, a los que ya la tenemos, porque es otra visión con la que, o estamos de acuerdo o, en todo caso, enriquece. Y a los que no la tienen, o no tienen tanta, porque van a aprender mucho. De hecho, si yo tuviera que volver a dar clases de derecho administrativo, utilizaría muchas de las metáforas que emplea, me parecen muy ilustrativas.

La obra es muy original -como todas las suyas-, y utiliza las reflexiones de un general chino (Sun Tzu 544-496 a.C.), y guerras y batallas de la historia como referencia al comienzo de cada capítulo. Yo personalmente he aprendido mucho de cuestiones bélicas, y aunque se supone que traducía en el bachillerato la Guerra de las Galias, está obra me ha explicado qué es una centuria, una cohorte y una legión, me ha enseñado datos que desconocía sobre la 1ª guerra mundial, los problemas de los alemanes al llegar a Stalingrado,  o de la batalla de Little Bighorn del Séptimo de Caballería.

Todo el libro está estructurado además en epígrafes que se suceden a lo largo de los capítulos hasta el final, y que permiten la cita fácil y encontrar la idea que necesitabas (en las notas que he tomado tengo recogidos los números de epígrafe, que no voy a indicar en esta presentación, pero que me serán de utilidad cuando quiera volver sobre ellos). Recojo algunas de las ideas:

  • Me ha interesado mucho la parte sobre negociación y mediación (epígrafes 11 a 18). Creo que es cierto que también en los litigios, como ocurre en las guerras, paradójicamente, las dos partes persiguen la paz y la mejor victoria es la que se consigue sin batallar. Los conflictos siempre van a existir, lo que hay que hacer es solucionarlos bien. Yo me siento especialmente orgullosa de algún caso (absolutamente inusual, bien es cierto) en que la Administración se ha allanado ante mi demanda. Bien, cualquiera habría dicho que el espacio para la mediación en el campo del administrativo es mínimo. Es verdad, pero ese mínimo está perfectamente expuesto y estructurado.
  • Destaco también los epígrafes sobre las reglas que funcionan en estrados (148 a 153). Ojo a la actitud del abogado en las vistas, que además se graban en vídeo (en los epígrafes 154 a 157 se refiere a estos y otros avances tecnológicos). A mí me permiten aprender sobre comunicación no verbal. Si, ya se que te las puede pedir el cliente, pero yo prefiero tener la grabación, me sirven para estudiar errores y mejorar para la próxima.
  • Hay ideas muy bien traídas, como las 7 “eses” que garantizan la superioridad del abogado (seriedad, sinceridad, sabiduría, sagacidad, sensatez, sacrificio y ser servicial).
  • O los 7 tipos básicos de guerreros en la historia y sus trasuntos en la abogacía. Me permito citar estos tipos de guerreros: Los espartanos, fuertes y disciplinados; los asirios, con armas de alta tecnología para la época; los lusitanos que hacían emboscadas y guerra de guerrillas; los legionarios romanos, bien organizados; los templarios, que defendían teniendo como centro una fortaleza; los vikingos que saqueaban de forma atropellada y violenta; y los samuráis, entrenados, formados, con un sólido código de honor… Y ahora, lean los correspondientes tipos de abogados a cada uno de estos tipos de guerreros ¡Genial!
  • También tenemos los 7 derechos que encierra el derecho a la tutela judicial efectiva -si, parece que le gusta el número 7-.
  • Se refiere a los querulantes, que con más de uno me he topado, incluido estudio etimológico del término (88 al 91).
  • Trae a colación la expresión “dar coces contra el aguijón” (160) y nos explica que el aguijón es una herramienta con un pincho que se usaba para llevar la yunta, y es eso de que “mientras más coces da el buey contra el pincho, más daño se hace…”, que a partir de ahora voy a recordar cada vez que me plantee interponer un recurso de reposición.
  • Hay una parte en la que aborda la cuestión crucial del tiempo en el mundo del derecho administrativo, y la procastinación a que acostumbramos los abogados (276). No me hace gracia usar el “día de gracia”, que reservo para situaciones realmente anómalas, pero al que, al final, tengo que recurrir a veces.
  • En esta parte se expone cómo hacer una demanda contenciosa en 15 minutos (277). Habrá quien no pille la ironía, pero no será desde luego un especialista en contencioso. 
  • Y expone el peligro de la desviación procesal, ese fantasma que ha de preocuparnos, aunque no esté en la LJCA (284 y 285).
  • Destaca importancia de la fase de conclusiones. Soy una forofa de este trámite cuando es escrito, pues bien el autor explica lo que son, y lo que no son (319)
  • Como no soy nada ocurrente, me entusiasmo con aciertos como el de calificar a las cautelares como una “escaramuza de la batalla principal”, o la comparación de las demandas con las armas de fuego: de precisión, de repetición, ametralladora, de fogueo… Como digo, la lectura es muy amena.
  • También habla de deontología: “el abogado no debe dar nunca a un tribunal una información falsa, o que pueda inducir a error, a sabiendas de ello” art. 4.5 del Código de deontología europeo, que casi me da la risa.
  • Y me ha sorprendido la prohibición de Carlos III de motivar las sentencias (pa qué!) por Real Cédula de 23-6-1778 (341).
  • Alude al corta y pega que todos utilizamos, pero al referirse a las sentencias (346), dice algo fundamental que tienen que considerar sus señorías al redactar, y es entrecomillar bien dónde empieza y acaba la cita. En efecto, hay veces que no se puede citar una sentencia que nos favorece porque no se entiende. Y es que, como dice, “hasta para cortar y pegar hay que saber hacerlo”.
  • Y al final de la obra recoge una idea con la que estoy totalmente de acuerdo: Siempre se aprende de la derrota. Cuando perdemos, que es lo más frecuente en el caso de los que peleamos contra la Administración, tenemos que saber que, combate perdido, combate ganado en experiencia. Entiendo el derecho del ciudadano a recurrir contra la Administración como un derecho/deber, aunque sea moral. Creo que, con el límite de la legitimación, hemos de colaborar con el correcto funcionamiento de nuestras instituciones, y, aunque perdamos a menudo, tenemos que seguir ahí, porque esta labor de control es fundamental y es rogada.

En estos días en que estamos apenados por el reciente fallecimiento de D. Jesús Glez. Pérez, quiero hacer también una referencia a otro fuera de serie, mi maestro, el catedrático de Derecho Administrativo D. José Luis Villar Palasí al que José Ramón cita al final de su obra (342). Yo soy una incondicional de su blog -aunque intervengo poco, me gustan mucho los comentarios, por regla general interesantes-, y quiero destacar que hace un año José Ramón subió muchos enteros en mi consideración al ser uno de los primeros en denunciar en ese blog la iniciativa -que no voy a calificar, porque no parece éste el lugar adecuado para el calificativo que merece-, que surgió en la Comunidad Valenciana de retirar la denominación “Villar Palasí” a varios colegios públicos en aplicación de la Ley de Memoria Histórica. ¡La razón era que había sido ministro en época de Franco! Vaya desde aquí mi homenaje a D. José Luis Villar y mi agradecimiento a José Ramón.

Voy a terminar ya, y lo hago parafraseando a uno de los que intervienen en el blog, que se ha convertido en un auténtico foro -porque yo lo veo así, como un foro romano en formato digital-, porque en el fondo no me siento más que una representante de todos los que aparecen por ahí: Si no existiera Chaves, habría que inventarlo”.

Concha Jiménez Shaw, 1 de febrero de 2019